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¿Cuál es la raza de perro más inteligente?
Lo que dice la ciencia

¿Cómo se mide la inteligencia de un perro?

Antes de responder cuál es la raza más inteligente, vale la pena hacerse una pregunta mucho más interesante.

Imagina que alguien te pidiera elegir a la persona más inteligente del mundo. ¿Cómo lo harías?

¿Con un examen de matemáticas? ¿Un test de memoria? ¿Un concurso de ajedrez?

¿O quizá una prueba para montar un mueble de IKEA sin leer las instrucciones?

Probablemente ninguna de esas pruebas sería suficiente. Con los perros ocurre exactamente lo mismo.

La inteligencia canina no es una sola capacidad, sino un conjunto de habilidades diferentes. Algunas razas aprenden órdenes nuevas con una rapidez sorprendente. Otras resuelven problemas por sí solas, recuerdan rutas durante años o entienden nuestros gestos casi sin necesidad de palabras.

Entonces… ¿qué es lo que realmente podemos medir?

Cómo se mide la inteligencia de un perro

Velocidad de aprendizaje. ¿Cuántas repeticiones necesita un perro para aprender un ejercicio nuevo?

Memoria. ¿Durante cuánto tiempo recuerda lo que ha aprendido?

Resolución de problemas. ¿Es capaz de encontrar una solución por sí mismo cuando nadie le dice qué hacer?

Inteligencia de trabajo. ¿Hasta qué punto desempeña con eficacia la función para la que fue criada su raza?

Inteligencia social. ¿Cómo de bien interpreta nuestros gestos, la dirección de la mirada, el tono de voz o incluso nuestras emociones?

Capacidad para tomar decisiones. Algunas razas fueron seleccionadas para esperar instrucciones. Otras, en cambio, debían trabajar solas y decidir por sí mismas. Esa autonomía también es una forma de inteligencia.

Adaptabilidad. ¿Con qué rapidez se adapta un perro a situaciones nuevas, cambios en el entorno o tareas diferentes?

Los intentos de medir la inteligencia de los perros llevan más de 50 años

A primera vista, parece que el misterio ya está resuelto.

Basta con abrir cualquier ranking en internet y ahí está la respuesta: Border Collie, Caniche, Pastor Alemán… casi como si alguien hubiera reunido a todos los perros del mundo, les hubiera puesto un examen final y hubiera publicado las notas.

Pero si todo fuera tan sencillo, ¿por qué los científicos siguen buscando nuevas formas de medir la inteligencia canina?

La respuesta es bastante simple: porque cada vez que parecía que alguien había encontrado la solución, aparecía una nueva pregunta moviendo la cola.

Durante las últimas décadas, los investigadores han probado métodos muy distintos. Algunos evaluaron la memoria, otros la capacidad de aprendizaje, otros la toma de decisiones, y los más modernos incluso han conseguido observar el cerebro de los perros mediante resonancia magnética.

Cada nuevo paso aportó descubrimientos importantes. Pero también dejó claro que la inteligencia canina es mucho más compleja de lo que parecía al principio.

Veamos, paso a paso, cómo ha cambiado la forma de entender qué significa realmente que un perro sea “inteligente”.

Episodio 1. Todo empezó con los reflejos

A finales del siglo XIX, el fisiólogo ruso Iván Pávlov no intentaba descubrir cuál era la raza de perro más inteligente. De hecho, esa pregunta ni siquiera formaba parte de sus investigaciones.

Los perros eran los protagonistas de sus experimentos porque le ayudaban a comprender cómo aprende un organismo. Sus famosos estudios sobre los reflejos condicionados demostraron que los animales pueden crear nuevas asociaciones entre distintos estímulos y modificar su comportamiento a partir de la experiencia.

Fue un descubrimiento revolucionario. Por primera vez, el aprendizaje dejaba de parecer algo misterioso y empezaba a tener una explicación científica.

Sin embargo, cuanto más aprendían los científicos sobre cómo aprenden los perros, más evidente resultaba otra pregunta.

Si todos los perros son capaces de aprender… ¿aprenden todos de la misma manera?

¿Algunas razas aprenden más rápido que otras?

Y, sobre todo… ¿es aprender lo mismo que ser más inteligente?

Estudios científicos sobre los reflejos y la inteligencia canina
Episodio 2. El hombre que enseñó a los científicos a no sacar conclusiones demasiado deprisa

A finales del siglo XIX, muchos investigadores estaban convencidos de que los animales pensaban casi igual que las personas.

Si un perro abría una puerta complicada, algunos concluían que había razonado exactamente igual que lo haría un ser humano.

Pero un psicólogo británico llamado Lloyd Morgan decidió hacer una pregunta mucho más incómoda.

¿Y si existiera una explicación mucho más sencilla? Tras observar durante años el comportamiento de distintos animales, formuló una idea que cambiaría para siempre el estudio de la inteligencia animal. Hoy la conocemos como el Canon de Morgan. Su principio era sorprendentemente simple:

C. Lloyd Morgan y el estudio del comportamiento animal

Nunca debemos atribuir a un animal una capacidad mental compleja si el mismo comportamiento puede explicarse mediante un proceso más sencillo, como el aprendizaje o la experiencia.

Aquella idea cambió la forma de estudiar a los perros.

Desde ese momento, los científicos dejaron de preguntarse únicamente qué hacía un perro.

Empezaron a preguntarse cómo había aprendido a hacerlo.

Y esa diferencia sigue siendo, todavía hoy, uno de los pilares de la ciencia del comportamiento animal.

Pero la historia no terminaba ahí.

Si el aprendizaje podía explicarse de forma científica...

¿Sería posible medirlo?

La respuesta llegaría pocos años después, gracias a un investigador llamado Edward Thorndike.

Episodio 3. Las cajas que cambiaron para siempre nuestra forma de entender a los animales

A principios del siglo XX, el psicólogo estadounidense Edward Thorndike se hizo una pregunta muy sencilla. ¿Cómo aprende realmente un animal? Hasta entonces, muchos creían que los animales resolvían problemas porque, de algún modo, "comprendían" la situación.

Thorndike decidió comprobarlo. Construyó una serie de cajas especiales, conocidas hoy como Puzzle Boxes.

Dentro colocaba un gato, un perro o una gallina. Fuera de la caja había comida. Para salir, el animal debía realizar una acción muy concreta: accionar una palanca, tirar de una cuerda o presionar un mecanismo. La primera vez, todo parecía caótico. El animal probaba una cosa tras otra. Empujaba. Arañaba. Mordía. Giraba sobre sí mismo. Hasta que, casi por casualidad, encontraba la solución. Pero entonces ocurrió algo sorprendente. La siguiente vez tardaba menos. Y la siguiente, todavía menos.

Después de varios intentos, el movimiento correcto aparecía casi inmediatamente.

Thorndike comprendió que los animales no resolvían el problema porque hubieran

razonado como una persona. Aprendían porque las acciones que tenían éxito tendían a repetirse. Las que no funcionaban... desaparecían poco a poco. Así nació el Ley del Efecto.

En pocas palabras: Los comportamientos que producen una consecuencia positiva tienden

a repetirse. Los que no aportan ningún beneficio, terminan desapareciendo. Hoy parece

una idea evidente.

Pero hace más de cien años fue una auténtica revolución.

Sin saberlo, Thorndike acababa de sentar una de las bases del aprendizaje moderno.

Y también de buena parte del adiestramiento canino que utilizamos hoy.

Pero todavía quedaba una gran pregunta por responder.

Si todos los animales pueden aprender... ¿significa eso que todos son igual de inteligentes?

La respuesta empezaría a tomar forma varias décadas después, cuando dos investigadores decidieron estudiar algo que hasta entonces casi nadie había tenido en cuenta:

la influencia de la genética y del desarrollo en el comportamiento de los perros.

Edward Thorndike y sus experimentos sobre aprendizaje animal
Episodio 4. Dos científicos que descubrieron que no todos los perros empiezan la carrera desde el mismo punto

A mediados del siglo XX, los investigadores estadounidenses John Paul Scott y John L. Fuller decidieron estudiar una pregunta que hasta entonces casi nadie se había planteado. ¿Todos los perros nacen con las mismas capacidades?

¿O la raza y la genética también influyen en su forma de aprender y comportarse?

Para responder a esa pregunta, iniciaron uno de los estudios más ambiciosos de la historia de la ciencia canina. Durante más de una década criaron y observaron cientos de perros de distintas razas en las mismas condiciones. Todos recibían los mismos cuidados.

La misma alimentación. Vivían en el mismo entorno. Y realizaban exactamente las mismas pruebas. La única diferencia era su herencia genética. Los resultados sorprendieron incluso a los propios investigadores.

Descubrieron que el comportamiento no depende únicamente de la educación. La genética

también desempeña un papel importante. Algunas razas aprendían determinadas tareas

con mayor facilidad. Otras mostraban antes determinados instintos.

Y, lo más importante, comprobaron que los cachorros pasan por periodos críticos de desarrollo.

Durante esas primeras semanas existe una ventana única para descubrir el mundo, conocer personas, relacionarse con otros perros y aprender a convivir con él.

Si esas experiencias no llegan a tiempo, más adelante pueden resultar mucho más difíciles de adquirir. Aquellos descubrimientos cambiaron para siempre la forma de criar, socializar

y educar a los perros. Su obra, Genetics and the Social Behavior of the Dog, publicada en 1965,

sigue considerándose uno de los libros científicos más importantes jamás escritos sobre comportamiento canino. Pero todavía quedaba una gran incógnita. Si la genética influye...

¿Cómo podemos comparar la inteligencia de unas razas con otras sin caer en simplificaciones?

Esa pregunta convertiría, años después, a un profesor canadiense en el investigador sobre inteligencia canina más conocido del mundo. Su nombre era Stanley Coren.

John Paul Scott y John L. Fuller y sus estudios sobre genética y comportamiento canino
Episodio 5. Stanley Coren ¿El podio ya estaba decidido?

Habían pasado casi cien años desde los experimentos de Pávlov. Los científicos comprendían mucho mejor cómo aprenden los perros, pero seguían sin poder responder a otra pregunta igual de fascinante.

¿Existen razas más inteligentes que otras?

En 1994, el psicólogo estadounidense Stanley Coren decidió intentarlo. Su idea era tan sencilla como brillante.

Stanley Coren y sus estudios sobre la inteligencia de los perros
Ranking de inteligencia canina de Stanley Coren

En lugar de evaluar personalmente miles de perros de todas las razas, recurrió a quienes llevaban años observándolos trabajar: los jueces de competiciones de obediencia de Estados Unidos y Canadá.

Más de doscientos expertos respondieron a una sencilla encuesta basada en dos preguntas.

¿Cuántas repeticiones necesita, por término medio, un perro para aprender una orden nueva?

¿Y con qué frecuencia obedece esa orden a la primera?

 

Con esas respuestas, Coren elaboró el ranking que acabaría convirtiéndose en el más famoso del mundo.

En los primeros puestos aparecían el Border Collie, el Caniche, el Pastor Alemán y otras razas con una extraordinaria capacidad de aprendizaje.

Su libro, The Intelligence of Dogs, fue un éxito internacional y el ranking comenzó a aparecer en revistas, libros, programas de televisión y, años más tarde, en miles de páginas web.

Parecía que el caso estaba resuelto. El podio tenía dueño. Pero entonces surgió una duda incómoda.

¿Aprender más rápido significa realmente ser más inteligente?

Episodio 6. El científico que dejó de preguntar quién era el más inteligente

Durante muchos años, la mayoría de los investigadores intentaban responder siempre a la misma pregunta: ¿Qué perro es más inteligente?

Comparaban razas. Medían la rapidez con la que aprendían órdenes. Diseñaban nuevas pruebas. Publicaban clasificaciones.

Parecía que la inteligencia consistía únicamente en resolver problemas más deprisa que los demás.

Pero un investigador británico llamado Clive Wynne propuso una idea completamente distinta. ¿Y si estuviéramos haciendo la pregunta equivocada? Quizá la verdadera grandeza de los perros no fuera resolver rompecabezas. Ni memorizar más órdenes.

Ni aprender más rápido que otras especies. Quizá su auténtico talento fuera otro.

Comprender a las personas. Wynne sostiene que los perros no conquistaron el mundo porque fueran los animales más inteligentes. Lo hicieron porque aprendieron algo todavía más valioso. Aprendieron a vivir con nosotros. A interpretar nuestros gestos.

Nuestra voz. Nuestra mirada. Nuestras emociones.

Mientras otras especies desarrollaban habilidades para sobrevivir en la naturaleza, los perros desarrollaban una extraordinaria capacidad para cooperar con los seres humanos. Y esa capacidad cambió la historia de ambos.

Hoy sabemos que un perro no necesita ganar un concurso de inteligencia para hacer algo que muy pocos animales consiguen.

Entendernos mejor de lo que muchas veces nosotros los entendemos a ellos.

Y precisamente esa idea abrió una nueva etapa en la ciencia.

Los investigadores dejaron de preguntarse únicamente cuánto sabe un perro.

Empezaron a preguntarse cómo piensa, qué siente y qué ocurre dentro de su cerebro.

La respuesta empezaría a llegar gracias a una tecnología que, hasta hacía muy poco, parecía ciencia ficción.

Clive Wynne y sus investigaciones sobre la cognición y el comportamiento canino
Episodio 7. Brian Hare. Años 2000
¿Y si un perro entiende mejor a las personas de lo que obedece las órdenes?

Durante años, el ranking de Stanley Coren fue considerado la mejor forma de comparar la inteligencia de las distintas razas. Sin embargo,

a principios de los años 2000 apareció una pregunta completamente diferente. El investigador estadounidense Brian Hare no quería averiguar qué raza aprendía más deprisa. Quería entender cómo piensan los perros. Y para responder a esa pregunta cambió por completo las reglas del juego.

En lugar de evaluar la rapidez con la que un perro aprendía una orden, diseñó experimentos en los que debía interpretar a una persona. ¿Era capaz de seguir un dedo que señalaba un recipiente con comida?

¿Entendía hacia dónde miraba una persona?

¿Pedía ayuda cuando no conseguía resolver un problema por sí solo?

A lo largo de los años, miles de perros de distintas razas participaron en estos estudios, junto con lobos criados por personas e incluso chimpancés, para poder comparar sus capacidades. Los resultados sorprendieron a la comunidad científica. Muchos perros comprendían los gestos humanos con una facilidad extraordinaria. En algunas pruebas sociales obtenían mejores resultados que los chimpancés, nuestros parientes evolutivos más cercanos. La pregunta también había cambiado.

Hasta entonces, muchos investigadores se preguntaban: «¿Qué puede aprender un perro?»

 

Después de los trabajos de Brian Hare empezó a imponerse otra mucho más interesante: «¿Hasta qué punto un perro puede comprender a las personas?» Y, una vez más, apareció una nueva incógnita.

Si la inteligencia incluye muchas habilidades diferentes… ¿tiene sentido seguir buscando una única raza que sea "la más inteligente" de todas?

Brian Hare y sus estudios sobre la cognición canina

​El investigador no tocaba el recipiente correcto. Ni daba ninguna orden. Simplemente lo señalaba

con el dedo. Para la mayoría de nosotros parece una pista evidente. Sin embargo, comprender que

un gesto humano transmite información útil es una capacidad cognitiva extraordinariamente compleja.

Los perros resolvían la prueba con una facilidad sorprendente. Aquello reforzaba una idea que empezaba a repetirse en distintos laboratorios del mundo: la mayor fortaleza de los perros no era únicamente aprender órdenes, sino comprender e interpretar a las personas.

Pero Miklósi dio un paso más. Sus investigaciones mostraban que la memoria, la comunicación, la resolución de problemas, la capacidad de aprendizaje o la interacción social no siempre avanzaban al mismo ritmo. Quizá estábamos buscando una única inteligencia... cuando en realidad existían muchas capacidades cognitivas diferentes. Y eso llevaba inevitablemente a una nueva pregunta.

Si la inteligencia está formada por habilidades distintas… ¿es posible ordenar todas las razas en un único ranking?

Episodio 8. Años 2000. Ádám Miklósi:
¿y si la inteligencia no fuera una sola?

Mientras Brian Hare estudiaba cómo los perros comprendían a las personas, en Hungría otro investigador estaba llegando a una conclusión muy parecida por un camino diferente. El etólogo Ádám Miklósi, fundador del Family Dog Project de la Universidad Eötvös Loránd de Budapest, llevaba años investigando cómo piensan los perros y cómo se comunican con los seres humanos. Durante más de tres décadas, miles de perros de distintas razas han participado en los estudios de este proyecto, considerado hoy uno de los más importantes del mundo en cognición canina. Uno de sus experimentos más conocidos era sorprendentemente sencillo. Dos recipientes idénticos. Solo uno escondía comida.

Ádám Miklósi y sus investigaciones sobre el comportamiento canino
Episodio 9. 2012. La tecnología entra en escena:
Gregory Berns y el cerebro de los perros

Hasta ese momento, los científicos solo podían observar el comportamiento de los perros.

Aprendían. Recordaban. Resolvían problemas. Respondían a nuestros gestos.

Pero todo eso ocurría por fuera. Lo que sucedía dentro del cerebro seguía siendo un misterio.

En 2012, el neurocientífico estadounidense Gregory Berns, de la Emory University (Atlanta, EE. UU.), decidió dar un paso que muchos consideraban imposible. En lugar de anestesiar a los perros para estudiar su cerebro, les enseñó a entrar voluntariamente en un escáner de resonancia magnética y permanecer completamente inmóviles durante la exploración. Los primeros protagonistas del proyecto fueron Callie, una perra mestiza adoptada de un refugio, y McKenzie, una Border Collie dedicada al agility.

Después de meses de entrenamiento, ambas consiguieron algo extraordinario: convertirse en los primeros perros del mundo en participar de forma voluntaria en estudios de resonancia magnética funcional mientras estaban completamente despiertos.

Gregory Berns y sus estudios del cerebro de los perros

Por primera vez, los científicos podían observar qué ocurría dentro del cerebro de un perro mientras esperaba una recompensa, escuchaba la voz de su cuidador o interpretaba diferentes estímulos. La investigación ya no consistía únicamente en observar el comportamiento. Ahora era posible estudiar directamente la actividad cerebral. Y, una vez más, apareció una nueva pregunta.

Si el cerebro activa distintas regiones para la memoria, las emociones, la motivación y el aprendizaje… ¿es posible resumir toda esa complejidad en un único ranking de inteligencia?

Episodio 10. 2022. Universidad de Helsinki. ¿El último intento de encontrar la raza más inteligente?

Después de más de cincuenta años de investigaciones, parecía que había llegado el momento de responder, por fin, a la gran pregunta.

¿Existe realmente una raza más inteligente que todas las demás?

En 2022, un equipo de investigadores de la Universidad de Helsinki, dirigido por Saara Junttila y Katriina Tiira, decidió afrontar el desafío con uno de los estudios más ambiciosos realizados hasta la fecha. En el proyecto participaron 1.002 perros de 13 razas diferentes. Pero esta vez había una diferencia importante. Los investigadores no buscaban un único ganador.

Cada perro debía superar una batería completa de pruebas cognitivas. Algunas evaluaban la capacidad para comprender los gestos humanos. Otras medían el autocontrol, la memoria a corto plazo, la orientación espacial o la habilidad para resolver problemas.

Era, probablemente, el intento más completo de responder a una pregunta que llevaba décadas intrigando a científicos y amantes de los perros. Y entonces llegaron los resultados.

 

Sí, existían diferencias entre las razas. Pero no aparecía un campeón absoluto. Algunas destacaban por comprender mejor a las personas.

Otras obtenían mejores resultados en tareas espaciales. Otras demostraban un mayor autocontrol. Sin embargo, en pruebas como la memoria a corto plazo o el razonamiento lógico apenas se encontraron diferencias significativas entre las distintas razas.

La investigación parecía acercarse a una conclusión inesperada. Quizá la pregunta nunca había sido «¿Cuál es la raza más inteligente?»

Tal vez la pregunta correcta era otra. ¿En qué tipo de inteligencia destaca cada raza?

Entonces… ¿cuál es la raza de perro más inteligente?

Después de recorrer más de cincuenta años de investigaciones, quizá esperabas que este artículo terminara con un único nombre.

Lo sentimos… no va a ser tan fácil. 😉

La ciencia ha demostrado que no existe una única forma de inteligencia. Hay perros que aprenden órdenes a una velocidad increíble.

Otros toman decisiones por sí solos cuando nadie puede ayudarlos. Algunos parecen leer nuestros gestos y emociones casi como si adivinaran lo que estamos pensando. Y otros son capaces de seguir un rastro durante kilómetros donde nosotros solo vemos… un camino cualquiera.

 

Pensándolo bien, ¿no sería extraño que existiera una única raza perfecta para todo? Si así fuera, probablemente hoy no existirían más de cuatrocientas razas de perros. ¿Para qué crear un Border Collie si el Husky fuera mejor en todo? O un Bloodhound si el Labrador pudiera seguir un rastro con la misma precisión? O un Caniche si cualquier otra raza hiciera exactamente lo mismo?

La realidad es mucho más interesante. Cada raza fue seleccionada durante generaciones para resolver problemas diferentes.

Un Husky que desespera a su familia escapándose una y otra vez puede parecer un auténtico desastre... hasta que lo imaginas recorriendo la tundra, guiando un trineo a decenas de kilómetros de cualquier persona y tomando decisiones que pueden marcar la diferencia entre llegar a casa o perderse en la nieve. De repente, el "escapista" se convierte en un auténtico especialista.

No ha cambiado el perro. Ha cambiado el trabajo para el que fue creado. Y eso ocurre con prácticamente todas las razas.

 

Por eso, quizá la pregunta correcta no sea: «¿Cuál es la raza más inteligente?» Sino algo mucho más útil. «¿Inteligente para qué?»

Porque al elegir un perro casi nadie toma la decisión basándose en un ranking científico.

Elegimos un compañero de vida. Un amigo. Un deportista. Un perro de trabajo.

O simplemente ese cachorro que, sin saber muy bien por qué, nos roba el corazón desde el primer momento.

Y quizá ahí esté la mejor respuesta de todas. La inteligencia de un perro no se entiende solo por lo que es capaz de hacer, sino por lo bien que esas capacidades encajan con la vida que va a compartir contigo.

¿Y el Caniche?

Después de todo este viaje, quizá te estés haciendo una pregunta... «Muy bien... ¿y el Caniche?» Pues sigue ahí.

No porque sea el campeón absoluto de una única prueba, sino porque pocas razas combinan tan bien tantas capacidades diferentes: aprende rápido, disfruta resolviendo problemas, trabaja de maravilla con las personas y, además, siente una curiosidad casi inagotable.

Los propietarios de un Caniche lo saben muy bien.

Si una mañana te despiertas y descubres que toda la colección de zapatos de la familia ha aparecido cuidadosamente reunida junto a tu cama... no pienses inmediatamente en una travesura.

Es muy posible que tu Caniche simplemente haya decidido dejarte claro, a su manera, que ya es hora de salir a pasear. 😄

Tal vez por eso el Caniche lleva décadas apareciendo entre las razas más inteligentes del mundo.

Y, si has llegado hasta aquí, probablemente ya entiendas por qué.

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